Cuando “sidoso” se convierte en un insulto


En el día internacional de la lucha contra el SIDA.

El fin de semana miré un programa de resumen semanal de la televisión argentina, y vi una pelea de dos personajes de la farándula: Graciela Alfano y Aníbal Pachano. Este último mira a cámara con lágrimas en los ojos y dice con voz segura: “Yo me hago una prueba. No tengo problema –y remata– pero te la hacés vos también” y gira la cabeza mirando al conductor como buscando refugió, ó tal vez aprobación.

La descripción de la situación tenía como conflicto central una acusación: la de sidoso a Aníbal, por Graciela. Y el escándalo provenía porque la acusación no era cierta. Pachano lo tomó como un insulto, y Graciela los habría dicho como un insulto. Finalmente no era verdadera la afirmación y La Alfano negaría haberlo dicho. La situación despertó mi molestia primero y las me incentivo a escribir este ensayo después. Dos artistas que se los conoce más por sus escándalos mediáticos que por su arte y su talento. ¿Es gente como esta la que queremos ver en TV? ¿Es esto lo que el público quiere? Yo soy parte del público, y no lo hago. Y lo que me preocupa aún más es que son dos figuras públicas que están frente a los medios y que tienen una responsabilidad.

Son conocidos los mal llamados juegos mediáticos de la televisión para conseguir audiencia. Parten de una pelea, un conventillo o una falacia, se agigantan como una bola de nieve, se adornan con un “vivo” y “en directo”, se concluyen con duplex y se olvidan cuando otro comienza.  ¿Pero es legítimo hacer esto para conseguir audiencia? Algunos podrían decir que sí, porque no se viola la ley, no se comete delito y los protagonistas acceden, o son figuras públicas. Sin embargo, lo que motiva mi pregunta está relacionado con lo que se dice implícitamente. El mensaje de trasfondo es: la fama se puede obtener peleando con alguien por TV o creando un escándalo. También se puede solventar la idea de que las palabras no son importantes, que se pueden decir barbaridades a otra persona, que duran los que la frágil memoria televisiva y no hay que hacerse cargo de ellas.

Ser portador de VHI (Virus de Inmunodeficiencia Humana), o estar enfermo de Sida, no es, ni debe ser, un insulto. Contraer una enfermedad o sufrirla, padecerla, es bastante doloroso como para que encima la sociedad caracterice de forma negativa a las personas enfermas. Algunos dirán “no es para tanto”, pero lo es. Porque no es una persona que te dice “sidoso” cuando caminas por la calle. Sino que es un conjunto social que piensa que ser sidoso es malo y avergonzante. Tampoco digo que sea motivo de orgullo, pero no es motivo de vergüenza.

Las personas enfermas de Sida sufren de mucha formas: no consiguen trabajo, algunas –por no decir la mayoría– de las usureras obras sociales y prepagas no cubre los costosos tratamientos, y los hospitales públicos están saturados de muchos otros problemas como para prestarle la atención necesaria. Además esta el tema del miedo a la muerte, el que nadie está preparado para recibir un diagnóstico como este, el que no hay cura, y como si fuera poco la fata de educación de la sociedad, y a veces del propio individuo infectado, sobre la enfermedad.

Pasó algo parecido cuando el virus recién apareció. Se la catalogó como la epidemia rosa: un virus que mataba homosexuales. Algunos insensibles incluso llegaron a decir que se trataba de un plan de Dios, una plaga divina, que exterminaría la desviación. Lo cierto es que, es una enfermedad seria y que actualmente al grupo que mayor afecta es a las mujeres, que la única forma de prevenirla es usando preservativo y que se transmite por el contacto con un tipo de fluidos (sangre, semen y fluidos vaginales) de la persona enferma con los mismo fluidos de una sana. Y que la forma de contagio más común, y probable, es a través de una relación sexual.

A la audiencia hay que educarla como se educa a un chico. Corregirla. El fin no justifica a los medios, ni a los medios. Ellos tienen una responsabilidad, una función, que deben cumplir, y si se desvían, porque haciéndolo ganan más dinero, es el estado el que debe devolverlos a la senda usando el poder que tiene a través de normas, leyes, sanciones, entes de regulación, etc. Y el público también tiene que hacer algo. No somos receptores pasivos. Cuando algo semejante a lo ocurrido con Alfano–Pachano hay varias cosas que podemos hacer: denunciarlos ante el INADI, manifestar nuestro desagrado enviando una carta, mail, fax; ó iniciar un juicio si es mucha nuestra indignación. Incluso, tenemos la más simple de las soluciones si no queremos pagar abogados: apagar la televisión.  Estaremos dándole una pequeña lección de nuestro desagrado, y a la vez, ahorraremos energía.

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