Mica y sus botellas


– ¡Micaela vení para acá, guacha de mierda! – rugió embravecida la jovencita, y extendió el llamado a sus dos sobrinos.

Los tres nenes, que no superaban los siete años, se levantaron de la calle y terminaron de subir la empinada calle que atraviesa el cerro.

– ¡Apuráte! ¡Mirá cómo estás! – Continuó Gisela, y tomó a la nena de su manito, llevándola apresura y con violencia.

Inmediatamente la niña comenzó a llorar. Lucho, su primito, y compañero de travesuras, intentó consolarla prometiéndole volver y regalarle su botella.

Gisela observó y calló. Nancy, hermana de Gisela, arreaba a sus sobrinos. Ambas mujeres habían estado mirando desde lo alto a los chicos, preocupadas por la tardanza.

– ¡¿Trajiste el azúcar?! – Prepoteó Gisela a su hija.

Hacía 20 minutos, un mensaje de texto le pedía a Norma, la abuela, un kilo de azúcar para hacer un postre. Los tres primos eran encargados de ir a buscarla, y trasladarla las cinco cuadras que separan las casas de Gisel y Norma. Pero al salir de la casa de la abuela, ella les había pedido que tiraran en el canasto de la basura unas botellas de gaseosa no retornable que habían quedado del fin de semana.

La nena, que para ese entonces había dejado de llorar, retomó, suponiendo que su madre se molestaría por no haber traído el paquete. Gisela puteó e insultó. Nancy se ofreció a pasar al kiosco a comprar, y todos hicieron silencio hasta llegar a la casa entre mocos y sollozos.

Lucho tuvo una idea:

– ¿Y si las usamos como trineo? – Dijo.

Mica y Carlos lo miraron pidiendo detalles. Sin embargo, lo siguieron. A dos cuadras del destino, lucho frenó y dijo:

– Subimos y nos tiramos – Señalando la calle empinada.

Sus primos seguían sin entender. Entonces dejó su botella en el asfalto y la pisó varias veces. El plástico no ofreció resistencia. Lucho volvió a tomar la botella, ahora deformada, y subió la calle corriendo. Llegó hasta lo más alto, se sentó sobre el plástico chato y se lanzó cuesta abajo, dándose impulso con los pies. El ruido era espantoso.

Mica y Carlos comprendieron. Las botellas comenzaron a gemir nuevamente. Los piecitos de Mica no podían aplanar el recipiente, y Lucho ayudó.

– ¿Me la regalás? – Dijo Mica, refiriéndose a la botella verde de Lucho.

– No. Vos tenés la tuya – Respondió.

Los tres se ubicaron en fila sobre lo alto. A la cuenta de tres se lanzaron. Entre el ruido del plástico deformado aún se podían oír sus risas y gritos. Jugaron carreras, perfeccionaron la técnica e imaginaron estar en la nieve.

La bolsa de azúcar, que Mica arrastraba de mala gana, se rompió en uno de los deslices. Ninguno se dio cuenta. Sólo perro que los custodiaba se percató. Un animal grande, huesudo y negro.

Mica se cayó, y Carlos fue a verla. Estaba bien. Sonrió y empezó a girar sobre sí misma hasta el fin de la pendiente. No pasaban autos a esa hora, sólo polvo había. Se levantó y fue hasta su botella nuevamente, para seguir desde donde había quedado. Justo en ese momento, su mamá, de diecisietes años, la vio. Observó el cuadro unos segundos, se enojó al descubrir que su preocupaciones eran falsas, y gritó.

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