“Siento que vivo en Irak”


Escribo esto desde mi cama. Desde acá escribí muchas veces textos distintos: cuentos, ensayos, reflexiones, trabajos prácticos, y una que otra, tonta carta amorosa.

Aunque es una noche de esas, de las que no puedo dormir, esta vez el motivo de mi desvelo no es una idea. O la sensación de que algo se me ocurrió. Al contrario. Estoy despierto porque afuera, en mi vecindario, de uno de los tantos barrios de la zona sur de ciudad, la inseguridad reclama su espacio.

Hace días se publicó, en uno de los diarios locales, la particular situación en la que el vecindario se encuentra. No sé si es por droga, por territorio o un ajuste de cuentas. Pero desde hace un año y pico todo cambió. Tenemos miedo de salir al patio, de volver tarde a casa, de ir a comprar al kiosco de la esquina. Tenemos miedo y nos encerramos.

Tiros, tumberas y tumultos. Corridas. Alguien se enfrenta con alguien, y de rehenes, nosotros: los vecinos. No sé qué pasa. No sé cómo comenzó, ni qué hacer para que termine. Pero deseo que lo haga, porque con miedo no se puede vivir.

En este momento, los perros ladran. No los mios por supuesto, porque están en el lavadero desde hace rato, asutados. Los de los vecinos. Treinta minutos atrás, los estruendos mantenían a los animales en silencio. Sólo gritos y corridas. Eran voces agudas por lo que presumo que los protagonistas eran jóvenes. No los culpo. De sólo pensar en algunas de las situaciones que viven “los pibes” del barrio, no sabría cómo reaccionar.

Las cuatro. Cesaron los ruidos y algunos luces se encenderán. Seguramente, algún vecino llamara a la policía. Uno que otro intentará comunicarse con la seccional nueva, que inaugurada hace meses, todavía no funciona. Otros se quedaran en la cama y fingirán que no pasó, como yo. Pero otros, quizás lo que más me preocupa, se acostumbrarán. Yo no lo hago. Y me niego a hacerlo.

No sé que decir. No sé como describir cómo se siente. Es raro.  Es absurdo. Es miedo y susto, bronca, impotencia, preocupación. Imaginá que dormís y que alguien entra a tu cuarto, sin que te des cuenta, y azota la puerta para asustarte. Ese es el sentimiento. No te lo esperabas, ahora desconfiás. Te enojás con quien lo hizo, y te molesta la intención.

Hay algo que no puedo describir: el sonido de un arma al gatillar en un suburbio de Comodoro.  El sonido se expande por donde hay miseria. Y pensás: “Hay alguien que lo está produciendo. Y lo hace para lastimar a alguien más”. Hacés silencio, y lo volvés a sentir. Y carburás un poco más “¿Que´pasa si entran a casa? ¿Qué hago? ¿Qué pasa si lastiman a mi familia? ¿Que haría?”. Y mientras pensás pedís que no pase, que no tengas que ensayar respuestas.

Mañana, con la luz del sol, capás veas a los autores del escándalo. Capás te saluden cuando pases por su esquina, o te los cruces en la calle.

En otro momento hubiese nombrado responsables. Hubiera exigido respuestas y mencionado derechos. pero ese texto no estaba planeado, y no encuentro culpables. ¡Bah!  Mejor dicho: “Si la culpa es de todos, no es de nadie”.

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