Quien esté libre de pecado…


– ¡Eh!
– ¡Che, che! ¡¿Qué hacen?! – gritaron los vecinos.
– ¡Dejen de tirar piedras, guachos de mierda! – exclamó con inusitada potencia, el pastor de la esquina.

Los muchachos no se detuvieron. Y buscaron entre las calle, mitad asfalto, mitad tierra, buenos proyectiles para derribar al enemigo: un borrachín del barrio.

“El Verruga”, como lo conocían los vecinos, era de esos tipos que hay en todos lados. Sucios, desprolijos con su ropa y nacidos y criados en la zona. Todos conocen su historia. Cómo su mujer lo dejó por otro, lo de su hija muerta y lo del incendio último. Todos justificaban de alguna manera su alcoholismo. Agradecidos de tener mejor suerte.

Vendía diarios cuando podía. Otras veces hacía changas, pero siempre tenía plata. No mucha: $2,75. Lo justo para una cajita de vino blanco, del más pedorro y con olor a alcohol etílico y lavandina. En el kiosco nunca se lo negaban, aunque sí le dicen que no fía.

Una vez comprado el combustible del día, tenía una particular marca. Desplegaba las cuatro puntas del cartón, distribuía el líquido, en el ahora deformado recipiente, y lo escondía entre sus pantalones. A la altura del obligo y la ingle.  Nunca entendí por qué lo hacía. Quizás le avergonzaba que lo vieran salir todos los días con una caja de vino. Porque en los barrios eso se comenta…

Siete pibes pasan. Bah, “pibes”. Pendejos.  Son muy chicos para ser “pibes”. Tienen entre 7 y 10 años. Uno tiene pelo largo y rubio. Todos los demás corto y negro. Hay dos vestidos de colores llamativos: rojo y blanco. El resto, de negro. Uno tiene una pelota. Todos pasan por enfrente del kiosco y doblan a la derecha en dirección a lo alto. Antes observan a la calle tras sus espaldas. Murmuran y se ríen. ¿Recordarán travesuras?. Uno siempre se las manda en los barrios.

“¡Plaff!” – escrachó el portón.
Pum, pum, plum” – retumbó el patio.

Los pedazos de cemento, piedras y cualquier otro objeto llovían desde lo alto. “Pero ¿a quién le tiran? ¿y por qué?”, me pregunté mientras me asomaban en la ventana. Siempre hay peleas en los barrios, y uno conoce a los contrincantes. El combate es la última opción, antes hay intimidación: gritos y amenazas.

Los veo. “Son los pendejos que vi pasar recién”, pienso. “¿A quien le tiran piedras?”, me pregunto infértil de respuestas. Luego, la imagen más triste. El diarero, borracho, balbuceando insultos y amagando con avanzar contra sus agresores, mientras intenta no caer por el alcohol que le circula. Los pibitos se mofan y seleccionan trozos más grandes.

“Todo termina cuando él se acerque un poco”, me dije. Seguí mirando, como quien observa un accidente. Una piedra le pega en la cabeza y se enoja más. Se cae mareado por todo. Sale el kiosquero y da la orden de alto. No lo obedecen. Sale la vecina de la esquina, la señora que siempre te habla mal, y grita. No la oyen, están sordos por sus risas y satisfechos con sus aciertos. Castigan, en ese hombre, todo lo que no pueden castigar de otra manera en sus vidas. Desobedecen en ese acto, a todos los adultos que no pueden desobedecer, en su día. Y se ríen de una diversión que no divierte.

Hablarán de lo que hicieron, pero no reconocerán los verdaderos motivos del ataque. Quizás no los tengan. Verruga, en cambio, intentará recordar las caras para la vendetta sobria. No lo logrará. Se queda en la esquina pensando, entre el poste de luz y de teléfono, por las dudas. Piensa en lo que pasó, y en por qué fue agredido. Buscará motivos que no existen, e imaginará supuestos falaces. Pero se preocupará más por cómo el barrio lo sigue viendo.

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2 comentarios en “Quien esté libre de pecado…

  1. Me gustó mucho esta frase:
    “Castigan, en ese hombre, todo lo que no pueden castigar de otra manera en sus vidas”

    Buen cuento Juanma 🙂
    Lástima que tenga mas de real que de ficticio.

    Un beso,

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