La Argentina de la “A” a la “Z”
A de Arrabal
Compadre: ¡Buenos Aires!, del arrabal amargo a las malas luces del centro, donde triunfan y claudican milongueras pretensiones, sos la marca que en la frente, el progreso me ha dejado. ¡Mi vida es una condena, hermano! Cómo no querés que tenga el corazón hecho pedazos, si en cuanto me levanto veo a mi viejita lavando en el piletón del convetillo alumbrado a kerosén. Mi vieja, pobre mi vieja, lava y lava, mientras mi pobre viejo sale a vender fainá. Mi hermana era Estercita y hoy la llaman Milonguita. Flor de lujo y de placer. Se piantó con el morocho del Abasto y hoy tiene un bacán que la acamala.
Yo sé que cuando sea descolado mueble viejo le va a pasar lo que a la rubia Mireya, que cuando en la calle la veo tan vieja, doy vuelta la cara y me pongo a llorar. Mi día comienza cuando la morocha argentina muy de madrugada, muy de madrugada, me da un cimarrón en ayunas que me hace correr todo el día.
Apenas salgo lo veo al pobre viejo que fuma, fuma y fuma, sentao en el umbral. Como con bronca y junando me voy al cafétín deBuenos Aires, que es lo único en la vida que se parece a mi madre por lo viejo y descascarado que está.
Allí están mis amigos de ayer y el flaco Abel que se murió pero aún me guía. Agarro para el trocén y en el camino algún elegante me calza de cross, me tomo el tranguay, paso por San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo, Pompeya y más allá, que vaya tu madre que está la inundación.
Llego a la esquina rea donde me topo con cualquier cacatúa, me sumerjo en el loco vendabal del cabaret donde me tengo que bancar a madame Ivonne, a Grisel, a Ninón, a María –la más mía, la lejana– a Malena, la de la voz quebrada porque fuma como un murciélago. Y de ahí, al Viejo Almacén de Paseo Colón, donde me hacen acordar de que Palermo me tiene seco y enfermo. Mis pasos se encaminan de nuevo pa’l arrabal, paso por la casa de la vecina muerta que se cansó de amar –por el balcón de la pobre solterona que ha quedado sin ilusión y sin fé–.
Me cruzo con la pobre fea procurando que el mundo no la vea, entro en el conventillo donde en el patio de la morocha se pelean a cuchillo el Tigre Millán y el Porteñito porque los dos dicen que la paica Rita les dio su amor, me abro paso y en otro rincón del patio dos minas fieles de gran corazón se están agarrando de los pelos por aquel que una tarde llegó al conventillo con funyi marrón. Y al final, de noche, cuando me acuesto no puedo cerrar la puerta porque las bisagras están como el culo. La oigo a mi madre. Aún la oigo, engañándome cuando llega en punta’e pie para besarme cuando su ritmo nace al son de un bandoneón.
Palabras de Enrique Pinti







Ellos pasaron y dijeron